Definitivamente ni el hecho de andar tras
ellos en búsqueda de respuestas los aleja de una sonrisa, de la cordialidad.
Orquestas improvisadas tocan al son de lo que salga y obviamente sin conocer
ninguna nota de solfeo, con un buen chorizo como pasante. La señora que vende
las empanadas naranjadas de tanto triguisar, amasa y moldea una y otra empanada,
y no es precisamente ese el gancho, sino el aroma tan familiar que emana una
paila llena de medias lunas amarillas. Hasta los caninos se acercan -en su mayoría
criollos o “chandas”-, miran con cara de amistad y compañía a cualquiera que
esté dispuesto a darles un trozo de comida e inventarles un nombre. Son perros
a los que no puede dárseles confianza. Serían guías silenciosos con señales de
cola si decides ser su amigo.
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Gustavo Posada.


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