Uso del agua como ornamento y divertimento en Chorroclarín

miércoles, 21 de marzo de 2012

Diario de Campo. Día 3º


Sábado. 5:00 p.m. - 6:30 p.m.


Desde lejos se ve la soledad. Solo un perro nos recibe con tanta amabilidad como lo hacen algunos lugareños. Unos cuantos celadores y otros comunes pasan sin notoriedad.  El cielo está blanco y el agua café, la multitud no está para colorear el paisaje. A lo lejos se ve un pequeño rastro de humo, y es precisamente de ese que habla el celador cuando conversamos con él. Al parecer, estar vigilando en Chorroclarín no es un problema, y los únicos inconvenientes son las fogatas y los ladrones.

El perro nos sigue hasta La Olla, donde decidimos meter nuestros pies al agua. Somos los únicos que interactuamos con el agua allí.  No aguanto el dolor y rápidamente deseo salirme del agua. Son alrededor de las 6:00 p.m., creo; el agua vuelve misterioso el lugar cuando todo cambia de color. Está casi de noche y los árboles altos hacen más difícil la vista, estamos abrigados por ellos. Vemos el atardecer rojo mientras unos turistas, al parecer bogotanos, nos preguntan inquietos sobre el último bus que pasa por la carretera de Chorroclarín; asombrosamente, pasa unos segundos después, a esa hora de la noche, y ellos alcanzan a tomarlo.



Isabel Pérez.

El Lugar -2-


Sumisa como todas las corrientes de agua cuando están tranquilas,  sigue en descenso la quebrada  Guarapera, que en el momento que menos lo piensa, es golpeada por la quebrada El salado y sumisa como desde arriba, se fusiona en un íntimo contacto para transformarse en la quebrada Piedras Blancas.

La llamada olla ya está lista, y no precisamente para ser refugio de papas, yucas, carne y zanahorias. Está preparada para cambiar el contexto de agua y pasar de la gota del agua sumisa a los puños incesantes de una cascada que encuentra la paz en las profundidades de su propia furia. Un lago. Bañado por la quebrada piedras Blancas que después de la rabia, guarda silencio, para seguir su recorrido sin mirara atrás.

Empieza en una pancarta de Arví y en estricto orden desciende indiferente. Pancarta, senderos, chozas, rocas, El salado, la olla y vuelve a su silueta tranquila y larga.


El Lugar -1-


Chorroclarín está ubicado en Santa Elena (Corregimiento de Medellín. Antioquia, Colombia) y hace parte de la reserva natural Arví y el megaproyecto turístico que tiene como base el Metrocable. A Chorroclarín se puede acceder por vía terrestre y está a ocho kilómetros de la vía, que de la carretera Santa Elena, conduce al tambo.

Chorroclarín o el kilómetro paisajístico de Chorroclarín, empieza su recorrido en la bifurcación entre la vía al tambo y la entrada al Parque Ecoturístico Comfama. Esta es la parte más tranquila de todo el lugar,  ya que no hay mucha concentración de personas y no hay venteros. La quebrada la guarapera bordea la carretera mientras sus playas están calvas de hierba y desvelan un barro amarillo. El agua es cristalina y camina lento, sobre un tapete de piedras sabias se desliza hacia donde la gravedad y la forma de su recipiente quieran llevarla.

Un colchón de hilos amarillos desprendidos desde los brazos de ciprés y pátula dibujan la superficie de un bosque fresco y tranquilo, acompañado de senderos peatonales que en los extremos hacen de paralelos laterales con la carretera y el río en medio, senderos que son el umbral hacia las chozas de descanso y paso.



Multitud


Chorroclarín se extiende desde la entrada de Comfama bordeando la carretera y, parece ser, que sin ninguna regla escrita, las personas se apropian del espacio según su contexto; empezando el recorrido, por la zonas más transitada por vehículos y autoridades, se encuentran las parejas y las familias que quieren disfrutar de un paseo sano y tranquilo. En la mitad del sendero, dentro y bordeando las chozas, ya se ven los venteros de empanadas, chicles, papitas, gaseosas, papas rellenas, tortas de chócolo, historias y amabilidad. En esta parte del sendero hay más algarabía; niños corriendo, gente haciendo ruido y un arcoíris de gente que pasa y pasa confundiéndose en la multitud; música, leña negros, blancos, jóvenes, viejos… En todos los contextos, hasta para quienes consumir marihuana en frente de niños y atropellar a la gente con sus motocicletas dentro de los senderos son respetados o quizá todos preferimos no decir nada y disfrutar de lo bonito.



Gustavo Posada.

Diario de Campo. Día 2º


Domingo. 11:00 a.m. – 5:00 p.m.


Nos reciben con zanahoria y limón. Nos incluyen en su grupo con una sonrisa, la cual con afán ponen delante del lente de mi cámara. Un hombre se presenta siendo el representante del grupo, se encarga de resolver nuestras dudas mientras los otros hacen parte del show. Carrascas, maracas, guitarras y otros instrumentos acompañan a los intérpretes, mientras que el resto del grupo aprueba o no las canciones propuestas en proporción a la fuerza de su coro. Un plástico negro amarrado improvisadamente, por dos esquinas a un carro (que supongo es el transporte de algunos miembros del grupo), y por las esquinas restantes a dos palos ondulados por el peso de éste, hace de techo a una niña que se recuesta contra el mismo carro y encima de una manta.

El grupo, una familia de aproximadamente 25 personas, se encuentra a la orilla de la carretera, unos, reposados sobre la grama, y otros, en la caseta que por el momento les es suya. Una olla se hace esperar mientras nos ofrecen chorizos y demás pasantes.
Seguimos caminando hacia el centro de Chorroclarín. Una persona acostada sobre un banco y la otra sobre el platón de una camioneta demuestran el silencio que es protagonista.

El camino peatonal ahora es una camino comercial. Las dos señoras amasan una mezcla amarilla mientras conversan con nosotros, que por ahora solo somos compradores. Primero la bolsa en la mano para que no se pegue, luego la arepa de masa, encima de éste el relleno y por último se cierra suavemente.  Saco la cámara de nuevo, pero como micrófono de la entrevista, muy informal. Pareciera como si solo estuvieran ahí para amasar, llevar las empanadas al fogón, y sin ponerlas en la mesa, ya están en las manos de cualquier cliente; las empanadas son la razón de la comunicación que hay entre los dos grupos. Empiezo a saber un poco más de la transformación de Chorroclarín.  No se esmeran en mirarnos, pero se siente un sentimiento de rabia y desahogo en la conversación. Terminamos la entrevista cuando se acabaron las empanadas; seguimos nuestro camino.

Paramos en la esquina para revisar si hay allí un futuro entrevistado. Bastantes personas se congregan para comprar y comer, descansar o esperar el bus. Pasamos la carretera y nos topamos con gente que entraba allí al igual que nosotros. La imagen no es bonita. Entre el río y el muro verde hay varios troncos de árboles talados, además, ¿Cómo es posible que algunos tiren su basura al río que surtirá de agua a Medellín?; las raíces sobresalen de la tierra y forman diferentes figuras.

Hay gente que está a la orilla del río para pasar, otros recogen agua con envases plásticos, unos intentan comunicarse con gente que está del otro lado del río y otras, posan para una cámara dentro del agua.

Los que están en el agua se acurrucan y se convocan en un punto estratégico para darse calor mutuamente.  Se tiran también, valerosamente, de la piedra más alta de La Olla, un charco hondo acompañado de una pequeñísima cascada. Este es un espectáculo que todos ven.

Unos que ya están mojados caminan por ahí en busca de su lugar, el lugar donde se encuentra su familia. Otros ya tienen sus maletas queriéndose ir, como nosotros.

Queremos entrevistar, antes de irnos, a la mujer que reconozco por ser ella quien me vendía empanadas mucho antes en Chorroclarín. Rechaza nuestro acercamiento y nos presenta por despachar, a su hija que es guía turística del Parque Arví. Terminamos nuestra visita por hoy, haciéndole una entrevista.



Isabel Pérez. 

Paseo de Olla


Todo, al parecer, está preparado; la olla, las papas, la carne, la zanahoria, la yuca, y el agua, sacada del mismo arroyuelo porque se ve muy limpia, son los ingredientes que harán olvidarse del frío a los visitantes en Chorroclarín. Alrededor de la olla sale el vaho de la leña mientras en algunos grupos más aislados, los mismos que tan desconsiderados entran sus motos por los senderos, emanan de sus labios lo que, quizá para ellos, es un rito en Chorroclarín; tirar marihuana sin importar si hay niños, grupos de la tercera edad o el que sea.



Gustavo Posada.

Chorroclarín -Stop Motion-



Domingo. 10:00 a.m. - 11:00 a.m. 
Familias, perros, bicicletas, policias, niños; afanados, sonrientes, sorprendidos, visitantes. 

Diario de Campo. Día 1º


Domingo. 11:00 a.m. – 5:00 p.m.


Hace mucho no volvía. Este lugar fue mi casa antes de que mi grupo scout se enterase de los cambios que prontamente Chorroclarín padecería.

Camino desde el Tambo ansiosa de llegar. Lo primero que veo es la construcción hecha para los baños que está al final del camino que conecta la carretera principal con la entrada de Campo Escuela y Chorroclarín.  Sorprendida sigo adelante y veo algunos caminos peatonales pavimentados. Una familia, que delimita su espacio con el sonido que emite su radio, está comiendo en una caseta, mientras que los niños mojados corren y juegan con el agua del río.

No hay tanta gente como esperaba. Hay una piedra enorme en el charco que se forma por una pequeña cascada; en este lugar que me es conocido como La Olla, hay tres muchachos que se lanzan desde lo más alto y disfrutan del agua helada. Al frente, un celador me observa, y creo, evalúa mis acciones con la cámara.

Antes de irnos almorzamos en una caseta junto a una familia que lleva su comida, la misma para todos.  El paseo no es de olla pero sí de cocas.

Estoy caminando por el sendero peatonal hacia la “salida” de Chorroclarín. Siento
nostalgia del pasado, de los árboles talados y del puesto de empanadas que ya no está.

Pero hay algo que me inquieta. Veo cómo en la madera de las chozas la gente “envía” mensajes: su nombre, la firma con su respectiva fecha, una frase sabia o un insulto son contenidos y vestigios de una costumbre juvenil de nuestra cultura.  



Isabel Pérez.


Acróbatas


Clavadistas profesionales, casi profesionales, amateur, aficionados; en realidad empíricos todos. Intentan hacer el mejor clavado sobre el lago más profundo de Chorroclarín. Acróbatas intentan pasar de un lado al otro del arrollo sobre un tronco como único puente con la gran adrenalina de caer en el  abismo de 20 a 30 centímetros, mojarse por completo hasta los tobillos y empapar sus zapatos; mientras dos jóvenes robustas y sonrientes posan para una cámara que quiere retratarlas cuando el agua se desliza, desvelando bajo su ropa la línea de la silueta de sus cuerpos. Niños, niñas, jóvenes corren para refrescarse. El agua en temperatura baja se ve como si caminase más lento, como si tuviese más paciencia, como si tuviese frío.
Parece como si el mal de parkinson fuese una epidemia contagiada desde el agua. Todo el que osa sumergirse en ella empieza a tiritar y a frotarse las manos. Es ahí, cuando deciden tirar la toalla, recogerla, secarse con ella, ponerse la ropa e ir a comer; acercarse por fin a la olla del sancocho. 


Gustavo Posada.

Medias lunas amarillas

Definitivamente ni el hecho de andar tras ellos en búsqueda de respuestas los aleja de una sonrisa, de la cordialidad. Orquestas improvisadas tocan al son de lo que salga y obviamente sin conocer ninguna nota de solfeo, con un buen chorizo como pasante. La señora que vende las empanadas naranjadas de tanto triguisar, amasa y moldea una y otra empanada, y no es precisamente ese el gancho, sino el aroma tan familiar que emana una paila llena de medias lunas amarillas. Hasta los caninos se acercan -en su mayoría criollos o “chandas”-, miran con cara de amistad y compañía a cualquiera que esté dispuesto a darles un trozo de comida e inventarles un nombre. Son perros a los que no puede dárseles confianza. Serían guías silenciosos con señales de cola si decides ser su amigo.




























Gustavo Posada.