Domingo. 11:00 a.m. – 5:00 p.m.
Hace mucho no volvía. Este lugar fue mi casa antes de que mi
grupo scout se enterase de los cambios que prontamente Chorroclarín padecería.
Camino desde el Tambo ansiosa de llegar. Lo primero que veo
es la construcción hecha para los baños que está al final del camino que conecta
la carretera principal con la entrada de Campo Escuela y Chorroclarín. Sorprendida sigo adelante y veo algunos
caminos peatonales pavimentados. Una familia, que delimita su espacio con el
sonido que emite su radio, está comiendo en una caseta, mientras que los niños
mojados corren y juegan con el agua del río.
No hay tanta gente como esperaba. Hay una piedra enorme en
el charco que se forma por una pequeña cascada; en este lugar que me es
conocido como La Olla, hay tres muchachos que se lanzan desde lo más alto y
disfrutan del agua helada. Al frente, un celador me observa, y creo, evalúa mis
acciones con la cámara.
Antes de irnos almorzamos en una caseta junto a una familia
que lleva su comida, la misma para todos.
El paseo no es de olla pero sí de cocas.
Estoy caminando por el sendero peatonal hacia la “salida” de Chorroclarín. Siento
nostalgia del pasado, de los árboles talados y del puesto de
empanadas que ya no está.
Pero hay algo que me inquieta. Veo cómo en la madera de las
chozas la gente “envía” mensajes: su nombre, la firma con su respectiva fecha,
una frase sabia o un insulto son contenidos y vestigios de una costumbre
juvenil de nuestra cultura.
Isabel Pérez.
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