Uso del agua como ornamento y divertimento en Chorroclarín

miércoles, 21 de marzo de 2012

Diario de Campo. Día 1º


Domingo. 11:00 a.m. – 5:00 p.m.


Hace mucho no volvía. Este lugar fue mi casa antes de que mi grupo scout se enterase de los cambios que prontamente Chorroclarín padecería.

Camino desde el Tambo ansiosa de llegar. Lo primero que veo es la construcción hecha para los baños que está al final del camino que conecta la carretera principal con la entrada de Campo Escuela y Chorroclarín.  Sorprendida sigo adelante y veo algunos caminos peatonales pavimentados. Una familia, que delimita su espacio con el sonido que emite su radio, está comiendo en una caseta, mientras que los niños mojados corren y juegan con el agua del río.

No hay tanta gente como esperaba. Hay una piedra enorme en el charco que se forma por una pequeña cascada; en este lugar que me es conocido como La Olla, hay tres muchachos que se lanzan desde lo más alto y disfrutan del agua helada. Al frente, un celador me observa, y creo, evalúa mis acciones con la cámara.

Antes de irnos almorzamos en una caseta junto a una familia que lleva su comida, la misma para todos.  El paseo no es de olla pero sí de cocas.

Estoy caminando por el sendero peatonal hacia la “salida” de Chorroclarín. Siento
nostalgia del pasado, de los árboles talados y del puesto de empanadas que ya no está.

Pero hay algo que me inquieta. Veo cómo en la madera de las chozas la gente “envía” mensajes: su nombre, la firma con su respectiva fecha, una frase sabia o un insulto son contenidos y vestigios de una costumbre juvenil de nuestra cultura.  



Isabel Pérez.


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