Clavadistas profesionales, casi profesionales, amateur, aficionados; en
realidad empíricos todos. Intentan hacer el mejor clavado sobre el lago más
profundo de Chorroclarín. Acróbatas intentan pasar de un lado al otro del
arrollo sobre un tronco como único puente con la gran adrenalina de caer en el abismo de 20 a 30 centímetros, mojarse por
completo hasta los tobillos y empapar sus zapatos; mientras dos jóvenes
robustas y sonrientes posan para una cámara que quiere retratarlas cuando el agua
se desliza, desvelando bajo su ropa la línea de la silueta de sus cuerpos.
Niños, niñas, jóvenes corren para refrescarse. El agua en temperatura baja se
ve como si caminase más lento, como si tuviese más paciencia, como si tuviese
frío.
Parece como si el mal de parkinson fuese
una epidemia contagiada desde el agua. Todo el que osa sumergirse en ella
empieza a tiritar y a frotarse las manos. Es ahí, cuando deciden tirar la
toalla, recogerla, secarse con ella, ponerse la ropa e ir a comer; acercarse
por fin a la olla del sancocho.
Gustavo Posada.

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