Sábado. 5:00 p.m. - 6:30 p.m.
Desde lejos se ve la soledad. Solo un perro nos recibe con
tanta amabilidad como lo hacen algunos lugareños. Unos cuantos celadores y
otros comunes pasan sin notoriedad. El
cielo está blanco y el agua café, la multitud no está para colorear el paisaje.
A lo lejos se ve un pequeño rastro de humo, y es precisamente de ese que habla
el celador cuando conversamos con él. Al parecer, estar vigilando en
Chorroclarín no es un problema, y los únicos inconvenientes son las fogatas y
los ladrones.
El perro nos sigue hasta La Olla, donde decidimos meter
nuestros pies al agua. Somos los únicos que interactuamos con el agua
allí. No aguanto el dolor y rápidamente
deseo salirme del agua. Son alrededor de las 6:00 p.m., creo; el agua vuelve
misterioso el lugar cuando todo cambia de color. Está casi de noche y los
árboles altos hacen más difícil la vista, estamos abrigados por ellos. Vemos el
atardecer rojo mientras unos turistas, al parecer bogotanos, nos preguntan
inquietos sobre el último bus que pasa por la carretera de Chorroclarín;
asombrosamente, pasa unos segundos después, a esa hora de la noche, y ellos
alcanzan a tomarlo.
Isabel Pérez.

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