Uso del agua como ornamento y divertimento en Chorroclarín

miércoles, 21 de marzo de 2012

Diario de Campo. Día 2º


Domingo. 11:00 a.m. – 5:00 p.m.


Nos reciben con zanahoria y limón. Nos incluyen en su grupo con una sonrisa, la cual con afán ponen delante del lente de mi cámara. Un hombre se presenta siendo el representante del grupo, se encarga de resolver nuestras dudas mientras los otros hacen parte del show. Carrascas, maracas, guitarras y otros instrumentos acompañan a los intérpretes, mientras que el resto del grupo aprueba o no las canciones propuestas en proporción a la fuerza de su coro. Un plástico negro amarrado improvisadamente, por dos esquinas a un carro (que supongo es el transporte de algunos miembros del grupo), y por las esquinas restantes a dos palos ondulados por el peso de éste, hace de techo a una niña que se recuesta contra el mismo carro y encima de una manta.

El grupo, una familia de aproximadamente 25 personas, se encuentra a la orilla de la carretera, unos, reposados sobre la grama, y otros, en la caseta que por el momento les es suya. Una olla se hace esperar mientras nos ofrecen chorizos y demás pasantes.
Seguimos caminando hacia el centro de Chorroclarín. Una persona acostada sobre un banco y la otra sobre el platón de una camioneta demuestran el silencio que es protagonista.

El camino peatonal ahora es una camino comercial. Las dos señoras amasan una mezcla amarilla mientras conversan con nosotros, que por ahora solo somos compradores. Primero la bolsa en la mano para que no se pegue, luego la arepa de masa, encima de éste el relleno y por último se cierra suavemente.  Saco la cámara de nuevo, pero como micrófono de la entrevista, muy informal. Pareciera como si solo estuvieran ahí para amasar, llevar las empanadas al fogón, y sin ponerlas en la mesa, ya están en las manos de cualquier cliente; las empanadas son la razón de la comunicación que hay entre los dos grupos. Empiezo a saber un poco más de la transformación de Chorroclarín.  No se esmeran en mirarnos, pero se siente un sentimiento de rabia y desahogo en la conversación. Terminamos la entrevista cuando se acabaron las empanadas; seguimos nuestro camino.

Paramos en la esquina para revisar si hay allí un futuro entrevistado. Bastantes personas se congregan para comprar y comer, descansar o esperar el bus. Pasamos la carretera y nos topamos con gente que entraba allí al igual que nosotros. La imagen no es bonita. Entre el río y el muro verde hay varios troncos de árboles talados, además, ¿Cómo es posible que algunos tiren su basura al río que surtirá de agua a Medellín?; las raíces sobresalen de la tierra y forman diferentes figuras.

Hay gente que está a la orilla del río para pasar, otros recogen agua con envases plásticos, unos intentan comunicarse con gente que está del otro lado del río y otras, posan para una cámara dentro del agua.

Los que están en el agua se acurrucan y se convocan en un punto estratégico para darse calor mutuamente.  Se tiran también, valerosamente, de la piedra más alta de La Olla, un charco hondo acompañado de una pequeñísima cascada. Este es un espectáculo que todos ven.

Unos que ya están mojados caminan por ahí en busca de su lugar, el lugar donde se encuentra su familia. Otros ya tienen sus maletas queriéndose ir, como nosotros.

Queremos entrevistar, antes de irnos, a la mujer que reconozco por ser ella quien me vendía empanadas mucho antes en Chorroclarín. Rechaza nuestro acercamiento y nos presenta por despachar, a su hija que es guía turística del Parque Arví. Terminamos nuestra visita por hoy, haciéndole una entrevista.



Isabel Pérez. 

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